sábado, 27 de agosto de 2011

Daniel

Foto: Daniel de Jesús Ramírez Blanco
Justo a las once y media de esta noche cumpliré  19 años de haber perdido toda mi tristeza. Este joven blanco, flaco, alto,  a veces más parecido a mí que a Pedrín y viceversa, es lo mejor que tengo desde entonces. Así que hoy, como es un día especial, no quisiera dejar de sentir la sensación de caminar por encima del agua.
Definitivamente el 27 de agosto de 1992 marcó la fecha más importante  de mi existencia. Mi Daniel de Jesús llegó para darme todo su calor, la suavidad de su piel, los enredos de su pelo negrísimo y la más pura inocencia.
Es que, antes, no había tenido yo la explicación de que toda la ternura del universo cabe en un diminuto cuerpo, de nueve libras con cuatro, que arranca las penas, las desilusiones y el desamor. Un sentimiento único desde el mismísimo instante en que el óvulo fue fecundado y esa magia, aquella tarde durante la jornada laboral, está grabada en mis recuerdos más preciados.
 Hijo, quizás ahora no me haga entender, pero mi vida recomenzó con tu vida, y la vivienda que marca el número 17 se llenó de alegría y  recibió algo así como un soplo de aire fresco, como la brisa que nos une en las noches de Calle Siete, cada  día un poco más mientras creces y te haces  fuerte, más responsable, mejor persona ... 
Por ti, que eres mi más poderosa razón  para sonreír,  puedo asegurar que soy una mujer dichosa. Y voy  a tu lado, en tanto procuras el minuto oportuno para saltar el pasado y elegir con cuál mano puedes asirte al futuro. En ese momento magnífico, como siempre, estaré contigo!




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