Mostrando entradas con la etiqueta Ebis Luisa González. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ebis Luisa González. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de mayo de 2015

Mi mamá y yo



Esta mujer que ves aquí tiene como nombre Ebis Luisa González Tornés, vive en un lugar de Bayamo, de cuyo nombre siempre quiero acordarme. Ese lugar por donde todos caminan  y yo voy con modestos pasos, lo llevo en  mi memoria y lo observo con el corazón cuando cierro los ojos.

Esta mujer que ves aquí, de imprevista ternura en las raíces es mi heroína, aprendí a amarla mientras me contaba las más hermosas historias de amor, de cómo conoció a mi padre en las noches de serenatas por esta ciudad de adoquines, músicos, poetas y un poco de locura.
Quiero que reconozcas a esta mujer cuando pase por Calle Siete... porque ella me ha enseñado a conjugar el verbo amar, mientras  siente que el tiempo pasa, hace ruido y le va cargando sus 86 años recién cumplidos de nostalgias, imágenes, metáforas y algún que otro achaque.
Así anda mi madre, esta mujer bella desde los dedos hasta la última cana que dejó de pintar desde hace mucho tiempo atrás, por las paredes que ha visto hacer y erigir, bloque a bloque, gota a gota de sudor, dejando salir el orgullo maternal, su persuasión y sobre todo dejó bien clara la palabra lealtad.
Gracias, mami! No imaginas la felicidad que me da saber que estamos juntas y que ya perdí el miedo aquel, que muchas veces nos hizo dormir juntas.

sábado, 1 de mayo de 2010

Primero de Mayo

Tengo hoy dos poderosas razones para festejar este Primero de Mayo: Día internacional de los trabajadores y el cumpleaños 81 de Ebis Luisa González Tornés, mi madre.
Si dominara la lírica inobjetable de un buen poeta pudiera describir, con todo su colorido y todo su encanto, las pasiones más reveladoras, quizás, del discurso interior de la más simple de las mujeres o de los hombres que amamos a Cuba –con sus virtudes y defectos- y estuvimos en el desfile de la bayamesa Plaza de la Patria este Primero de Mayo.
En Calle Siete la algarabía comenzó desde bien temprano, Alexei recogió a Robert, Milagro dejó a Yasmani al cuidado de un vecino, y Eugenio, el niño de Vilma, olvidó la gorra; Loraine y Benito llevaron a Laurens María y a Lorena; Lisandra salió con sus compañeros cuando el sol aún no había asomado su rostro más limpio; pero allí estábamos todos.
Así somos los cubanos, constantes obsesivas de una identidad latente en el ritmo, las canciones, la alegría, la fiesta de los trabajadores -que no reclamamos como los mártires de Chicago la jornada de ocho horas- como reflejo de un universo que va más allá de la ficción-realidad, de la relación entre lo humano y lo divino, entre el amor y lo auténticamente maravilloso de su gente.